A Tegucigalpa llegaron otra vez las razzias bananeras. Los sangrantes años ochenta llenos de dictaduras militares en todo mesoamérica, de guerrillas peleando teología de liberación en ristre por la dignidad y subyugábdola a veces con sectarismos asesinadores de Roques Daltons, parecían depuestos en los tomos de Historia. Pero vuelven y los vemos en las calles de Honduras, las patrullas del ejército echando tinte rojo contra los manifestantes y disparándoles, toques de queda, supresión de libertades civiles y toda esa amalgama de "Leyes" ilegales con las que se antorchan los milicos de turno que se creen políticos o salvadores de la humanidad. Le pasó a Franco el asesino, a Tejero, le pasó a muchos generalotes que pasan de las pascuas militares acompañados de sus machistas mujeres a ordenar la moral y las costumbres y las leyes de un país. Manuel Zelaya no es que sea un lindo gatito, los militares le acusan de "haberse hecho de izquierdas", era neoliberal y ahora pide urnas a Venezuela para una votación que pide reformar la constitución. Pero lo sacaron en pijama metralleta en mano y lo deportaron del país y dieron un golpe de Estado en toda regla. Los militares no tienen voz, "el poder mudo", no deben tenerla, valor, responsabilidad y servicio a la ciudadanía a la que saludan y ante la que se cuadran y sobre todo si hablamos del poder civil. Lo que cuesta entender es la suave condena internacional del asunto. Antichavismo disfrazado de realpolitik. No seamos hipócritas. Un Golpe de Estado es un Golpe de Estado. Pero, depende contra quien se dé es más o menos golpe de Estado. Eso es lo que se traslada de todo lo que estamos leyendo en prensa en este verano caliente con pijamas meados. Mañana hablamos de Salinger. Que es mejor que esto. Que mal día para el pez plátano o qué buen día, según como lo mires.Durante aquellos años nefastos, Buenos Aires fue la ciudad con el mejor reciclaje del planeta. No fue mérito del Gobierno sino de la crisis argentina y de sus hijos más castigados. Les llamaron cartoneros: cada noche, 40.ooo personas salían de las barrriadas hacia el centro para husmear en la basura de los ricos. Buscaban papel, plástico y vidrio que después vendían al peso. En un mes, con suerte y esfuerzo, un cartonero podía ganar 200 pesos, unos 40 euros. Para muchas familias, era la distancia entre la miseria y un plato caliente. Entre los cartoneros abundaban los niños. La escuela era un lujo que podía esperar.
Las cicatrices de las debacles económicas no se borran cuando remonta el PIB. El verdadero drama llega muchas veces después, cuando su herencia condena de por vida a toda una generación a la ignorancia, a la pobreza, a la marginalidad. La mayoría de aquellos cartoneros jamás volvió a los estudios. Hoy siguen en empleos precarios: su falta de formación no les permite aspirar a algo mejor.
España no es Argentina, pero nuestra crisis, que según las nuevas previsiones del Gobierno durará al menos dos años más, tampoco terminará cuando el PIB vuelva a florecer. Las hipotecas a 30 años seguirán estando ahí. Los hijos de la crisis en España no son cartoneros, son mileuristas. Es esa generación que algún pedante bautizó como “la mejor preparada de la historia de España” y que ahora es probable que sea la primera, desde la Guerra Civil, que viva peor que la de sus padres. A esa generación, a mi generación, nos han estafado. Nos cambiaron una vivienda digna y un empleo estable por la Playstation 2.
Ignacio Escolar (PUBLICO. www.escolar.net)

